Bajo qué lira. Un tratado reaccionario para estos tiempos
(Poema Phi Beta Kappa, Harvard, 1946)
W. H. Auden
Ares al fin nos deja el campo libre,
las manchas de sangre en los arbustos ceden
a la llovizna que las filtra,
y en su estado convalesciente
los pueblos fracturados se asocian
a las flores del estío.
Acampados sobre la llanura colegiada
los crudos veteranos ya entrenan
como fuerza novata;
los instructores de sarcásticas lenguas
encauzan a los jóvenes ahítos de batallar
con cursos básicos.
Entre insólitos dispositivos
que sirven para dominar artes y ciencias
ellos pasean o corren,
y los nervios acerados para la matanza
son acribillados por los poemas
más cortos de Donne.
Los profesores que regresan de misiones secretas
reanudan su adecuada erudición,
aunque algunos lo lamentan;
les gustaban demasiado sus dictáfonos,
trabaron conocimiento con ruedas enormes, y no
te dejan olvidarlo.
Pero el decreto inescrutable de Zeus
permite que el ánimo de disentir
sea pandémico,
ordena que el vodevil predique
y que cada discurso de apertura
sea polémico.
Dejad que Ares dormite, que otra guerra
se declare de inmediato
entre aquellos que secundan en todo
al precoz Hermes
y aquellos que obedecen sin dudar
al pomposo Apolo.
Brutal como todos los Juegos Olímpicos,
aunque peleada con sonrisas y nombres cristianos
y menos dramática,
esta lucha dialéctica entre
los dioses civiles es igual de despiadada
y más fanática.
Lo que los altos inmortales hacen gozosos
es vida y muerte en la Tierra intermedia
su antipatía ahistórica
objeta siempre
todas las edades y tipos somáticos,
lo sofomórico.
Los que enfrentan los oscuros indicios del futuro
con risitas o guiños de pradera
tan robustos como Cortés,
y los que como yo palidecen
al acercar nuestras velas raídas
a los ventrudos cuarenta.
Los hijos de Hermes gustan de jugar
y sólo se esfuerzan cuando se les pide
hacer lo contrario;
los hijos de Apolo nunca se amilanan
ante faenas aburridas pero tienen que creer
que su trabajo es importante.
Relacionados por la antítesis,
un compromiso entre nosotros
es imposible;
respeto quizás pero amistad nunca:
el tonto Falstaff se enfrenta siempre
al petulante Príncipe Hal.
Si él dejara de mirarse el ombligo,
Apolo sería bienvenido al trono,
haces y halcones;
él ama reinar, simpre ha sido así;
la tierra sería, de regirla Hermes,
como los Balcanes.
Pero celoso de nuestros dioses del sueño,
su sentido común planea en secreto
gobernar al corazón;
incapaz de inventar la lira,
crea un arte oficial
con fuego simulado.
Y cuando ocupa una cátedra,
la verdad es reemplazada por el Saber Útil;
le presta particular
atención al Pensamiento Comercial,
las Relaciones Públicas, la Higiene, el Deporte,
en su hoja de servicios.
Atlético, extrovertido y crudo,
para él, trabajar a solas
es un agravio,
el objetivo es un Nirvana populoso:
su escudo porta esta divisa: Mens sana
qui mal y pense.
Hoy sus brazos, hemos de confesar,
de Derecha a Izquierda han sido exitosos,
sus pendones ondean
desde Yale hasta Princeton, y las noticias
desde Broadway al anuario de reseñas
son muy graves.
Su radio pasa a Homero todo el día
en sonsonete whitmaniano
que no escanea,
con adjetivos dispuestos de punta a cabo,
que exalta la rosquilla y alaba
al Hombre Común.
El suyo, también, cada lirismo incauto
sobre deportes o amor conyugal o primavera
o perros o plumeros,
inventado por cualquier bardo de juzgado
para ser recitado junto al patio
en forma de labia.
Hacia él ascienden los discursos de premio
y los conjuntos de variaciones fugales
sobre alguna balada tradicional,
mientras los dietistas sacrifican
un vaso de jugo de pasas o una placentera
ensalada de malvavisco.
Cargado por ese compuesto de sexo
sensacional más algo de materia religiosa
interdenominacional,
novelas enormes de estudiantes
llueven sobre nuestras cabezas indefensas
hasta que nuestros dientes rechinan.
En falsos uniformes herméticos
detrás de nuestro campo de batalla, en enjambres
que siguen posándose,
sus existencialistas declaran
que se encuentran completamente desesperados,
pero siguen escribiendo.
No importa; Él debía ser desafiado;
la blanca Afrodita está de nuestra parte:
¿Qué su amenaza de organizarnos
se hace más crítica?
Zeus mediante, nosotros, los no políticos
habremos de vencerle.
Eruditos solitarios, parapetados tras las paredes
de periódicos entendidos,
defienden nuestros hechos.
Nuestra infantería intelectual,
aterrizando sobre revistillas
capturan una tendencia.
De noche nuestro estudiante subterráneo
va cuchicheando en fiestas de cócteles
de oreja a oreja;
las gruesas figuras en el ojo público
se colapsan a la mañana siguiente, emboscados por
algún sarcasmo ingenioso.
En nuestra moral ha de radicar nuestra fuerza:
para así poder admirar a plenitud
los Apolos desorbitados,
los batallones se dispersan como niebla,
y siguen fielmente el Decálogo Hermético
que dice así:
No harás lo que plazca al decano,
no escribirás tus tesis de doctorado
sobre la educación,
no adorarás proyectos ni
habrás de postrarte ante
la Administración.
No responderás cuestionarios
ni pruebas sobre Asuntos Mundiales,
ni te prestarás a resolver
ejercicio alguno. No te sentarás
con estadígrafos ni perpetrarás
una ciencia social.
No andarás en términos amistosos
con gente de firmas publicitarias,
ni hablarás con tales
ni leerás la Biblia por su prosa,
ni, sobre todo, harás el amor con aquellos
que se laven constantemente.
No vivirás por tus propios medios
ni a base de agua y verduras crudas.
Si debieras escoger
entre las suertes, escoge la extraña;
lee el New Yorker, confía en Dios,
y tómalo con calma.
Traducción: Manuel Sosa.
sábado, 10 de noviembre de 2007
en
5:05
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1 comentario:
Se agradece la temeridad traductora.
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